
La obra poética de Antonio Aguilera Flores, escritor hondureño, se adentra en los territorios de la memoria, la esperanza y la condición humana. A través de una escritura que explora las emociones, el desarraigo y las preguntas que atraviesan nuestra existencia, su poesía invita a detenerse y mirar de nuevo aquello que, en medio de la cotidianidad, a menudo pasa inadvertido. En este espacio reunimos una selección de poemas y fragmentos de su obra literaria, como una invitación a descubrir las resonancias de su universo poético y acercarse a las palabras que dan forma a su particular manera de habitar el mundo.
Del Poemario titulado «Se van», ganador de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango 2022

Exposición No. 1
Soy el poema,
tu poema,
mi poema.
Poema atado en el rincón
de una pared
que anuncia
eres lo que lees.
Poema errante,
maloliente.
Poema-paria,
cuyo dolor no alerta más al mundo
como lo hace un perro callejero.
Poema que huye sin haberlo deseado.
Poema que agarra su mochila
una madrugada
junto a otros miles.
Va conmigo
este nuevo Israel,
cuyo destino incierto
no amedrenta
y se dispone a dejar este Egipto
donde las aves de rapiña
han rondado sobre nuestras cabezas
desde hace centurias.
Día 1
Nací al atardecer del siglo pasado
y soy
hombre y mujer adultos.
Nací al albor de este nuevo milenio
y soy
chavala y chavalo.
Nací hace muy poco
y soy
apenas un cipote y una cipota.
Soy todos
y todas
los que no debiéramos sentirnos
obligados a dejar
la tierra,
la sangre,
el amor,
los amigos.
Día 4
Soy la cara
de las décadas de infamia
que han respirado
mis camaradas de camino.
Tras
su
raudo
huir
e insípidos suspiros
hay un reclamo ignorado,
un mitin rasgado
y miles de lloros
olvidados
en la espesa noche del devenir.
Día 6
Los días de hoy
son más cabrones que los de ayer.
Ayer te ibas con coyote
y en semanas estabas en la yusa.
Hoy corrés el riesgo
de que te vendan a la mafia,
extorsionen a tu familia por dinero,
te obliguen a trabajar para un narco
o nomás te metan a un barril de hierro
y calcinen tu piel desnutrida,
hasta que tus huesos
se fundan con la n
a
d
a
y entonces seás uno más
en la lista de desaparecidos.
Día 7
Mi olor es el olor
de cantinas malolientes
en la frontera Comalapa
donde cientos de mujeres
encuentran un lastimero trabajo
como meseras.
Forzadas a emborracharse,
entre el sudor de hombres
de rostros desconocidos,
abren sus piernas
con un gesto amargo
bajo un techo oxidado de zinc,
entre las carcajadas estentóreas
y las miradas de lascivia
de los cuerpos jadeantes sobre ellas
que no son los de los padres de sus hijos.
Mientras tanto,
allá en la tierra que dejaron,
juegan pelota y yaxes
unos niños
que piensan salva y sana a su mamá,
pues cuando hablan con ella
les dice que todo va bien
y que en navidad
les mandará
pa’ que se compren un juguete.
Día 8
Se nos han unido más
y somos miles.
Dolor centroamericano,
dolor haitiano y de otros más.
Andar de hondos pisoteos
que surcan la carretera,
a pesar del calor infernal
y del frío que orada los labios.
CNN muestra imágenes al mundo
de nuestros rostros desencajados,
como si fuéramos espectáculo de circo.
Y detrás de la TV,
desde la quietud de un hogar que no huye,
surgen
una tiritante compasión
y una degradante aporofobia:
Ya vienen esos a jodernos la paz de nuevo;
we don´t need more people in our country;
que los arresten cuanto antes y los regresen;
fuck those fucking migrants;
¡pobre gente!;
if they study they could not come out
of their land;
¡cuánto deben sufrir para cruzar!;
I don´t understand why those people are so stubborn;
pinches gobiernos nuestros
que obligan al pueblo a salir;
¡oh my god what delicious burger!;
I call on Congress to finally close the deadly fissures that have allowed MS-13 and other criminals to enter our country.
Día 9
Para el mundo
no somos gente,
porque no aportamos nada,
sino una búsqueda por la supervivencia
que espanta
a quienes no les falta nada.
Nuestra hambre
es una oscura luz
que devela la miseria humana
en aquellos seres
estériles a la conmiseración.
Nos han convertido en un estereotipo social,
en bichos de suburbios
que se organizan en maras
pa’ joderle la vida a los demás.
Somos un rostro negro de una isla caribeña,
epicentro de sismos y huracanes
que con morbo evoca nada más al vudú
y no a una multitud que aún paga
con ignorada desdicha
la deuda de haber sido
la primera nación
que peleó su independencia.
Día 11
Nuestras voces de desgarro
son un video más
entre memes y TikTokers.
Los dedos se deslizan
por las pantallas
y, una vez más,
el dolor humano
se ha convertido
en pasatiempo.
Día 13
Fuimos nómadas
hasta que descubrimos la agricultura
y eso que después llamamos sociedad.
Entonces firmamos el pacto,
vivimos en comunidad,
trabajamos juntos
hasta alcanzar una vida sedentaria
con leyes que sirvieran de centinelas
de las arcas de la vida,
la libertad
y la propiedad.
Pero algunos
rompieron el pacto,
sin asco ni escrúpulos
y nos asfixió su descaro y desidia.
Fue así
que volvimos a ser nómadas.
¿No vemos que aún hoy
somos millones los trashumantes de mañanas
que buscan esa vida
que nos ha sido arrebatada?
Solo basta nombrar
El Mediterráneo,
El Mar rojo,
El Desierto de Sonora,
La Selva del Darién,
Yemen,
Iquique,
Níger,
El Estrecho de Gibraltar
y toda esa inmensa tropósfera asiática,
para que cualquier pupila se humedezca
de espanto.
No somos sedentarios,
o lo son
solo algunos.
Los muros ocultan
la desgracia
que para otros
existe solo en revistas y documentales.
Día 14
Maltrechos,
heridos,
humillados,
volvimos en nuestros cansados pasos,
ante las cámaras
-testigos inmutables de la desdicha-.
Retornamos
a las patrias nuestras
que amamos hasta el tuétano,
pero que hace tiempo nos expulsaron
haciendo de nuestro propio suelo
un maldito exilio
que nos vedó de la riqueza
que han administrado con celo monstruoso
unas pocas hienas,
cuyas narices no olfatean
más allá de sus pútridos bolsillos.
Y,
con la impotencia
de un tormento
embadurnado de furor,
dimos una última mirada
a esa extensión más allá de las paredes divisorias
donde una mujer
en medio de las aguas
con una antorcha exclama
«Keep, ancient lands, your storied pomp!» cries she
with silent lips. «Give me your tired, your poor,
your huddled masses yearning to breathe free,
the wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me,
I lift my lamp beside the golden door!».
Entonces supimos
que esas bellas palabras
eran dedicadas a otros cansados,
a otros pobres,
a otras masas,
a otra miserable basura,
a otros sin hogar
y que aquella lámpara junto a la puerta dorada
brillaba solo para ciertos.
“SE VAN”
Pero, con todo y todo,
no soy
-aunque para algunos resulte una locura-
el poema de la desdicha.
Es cierto que camino junto a esos y esas
que buscan el trozo de universo
que les fue hurtado
de las manos.
Es cierto que sorbo
con mi pocillo de versos
esas lágrimas
que bajan
por las mejillas
sin rumbo;
pero no,
se los digo que no,
no soy el poema de la muerte.
Soy el poema de la vida,
de la risa cotidiana
y vespertina
de familias enteras
sobre hamacas,
bajo los mangales
o en aceras de esquinas plagadas de amigos
y de pláticas sin término
de esta gente
que no se abandona al sin sabor
de la existencia
ni al sinsentido de las horas,
tanto aquellos que volvieron en sus pasos
como aquellos que no huyeron y vieron partir al otro.
Soy la resiliencia,
el gusto por la vida,
mónada que,
a pesar de la dureza de los días,
no pierde la gracia del humor
y
ve brillar, con esperanza inquebrantable,
el sol bajo un sombrero blanco
que reza entre lloro y dicha
“SE VAN”.
De Zarpar a cualquier hora, pero zarpar (Editorial Cultura, Guatemala, 2024)

Contemplación en Tegucigalpa
Sus pasos dorados
ven a través de una colilla crepuscular
y murmura con el chillido
del tráfico capitalino.
Se desvanece en el aleteo de los pájaros,
hambrientos de silencio.
Contempla la ansiedad
de este homo sapiens
que desde sus pasos primigenios
se busca
y no parece encontrarse.
Intromisión salvífica
Nuestras aspiraciones suelen ser más grandes
que nuestras posibilidades.
El anchuroso paisaje de las ideas
desborda la jarra quebrajosa que somos.
Nos carcome un continuo anhelo
que, en medio de tanto tropiezo,
no desfallece.
Diminutos pinos que hacen frente
a grandes avalanchas.
Por eso ella,
esa luz que no parece tener
comienzo ni fin,
se cuela, oculta, en nuestras fibras
para no dejar que muera el latido
antes de su hora.
Colisión
Golpeanos, Luz,
con tus puños de vida;
sacudinos la terca idea
de querer ser siempre así
―río estático;
roca inapetente―.
Mostranos
los cayos duros
y las heridas de las palmas de tus manos
cuando escuchés el rumor
de nuestra necedad;
para ver
en vos
los caminos que faltan por andar.
Que tu voz
―d e
a c a l l a d o s
p a s o s
q u e
h a n
d e v o r a d o
k i l ó m e t r o s
d e t i e m p o―
con su oleaje de siglos,
nos devuelva,
de cuando en cuando,
al puerto del cual zarpamos,
sin dejar de navegar.
No queremos quedarnos
a la orilla del acontecer,
ver crecer las plantas,
cambiar las estaciones,
desintegrarse la ilusión del mañana
y permanecer en el capullo
de nuestras seguridades:
queremos abrazarte en la creación,
no ser ajenos a nuestro tiempo
y escuchar su cascada
de paisajes y gentes
—murmullo de rostros y colores—
y
fundirnos como dos amantes
en la espesa noche.
Labor
Puede ser que mi labor
consista
en transmutar
lo que ríe y gime a mi diestra
en
s i g n o s.
Soy
Hablamos del peligro de estar vivos
Fito Páez
Soy letra que se e
s
c
a
b
u
ll
e,
ojos que se abren una mañana
y reconocen el día;
párpado que se cierra una noche
y se entrega a los sueños.
Todo en mí
es ambivalencia contenida,
dialéctica pujante
que se abre paso sin piedad.
Criminalística de un poema
El día de hoy murió un poema
porque no fue escrito.
Fue dejado en un basurero
de la colonia 21 de Octubre
dentro de una bolsa negra.
La policía busca las causas de la muerte
y se presume fue un asesinato,
debido a que los habitantes del lugar
afirmaron ver a un hombre la tarde anterior
sentado en el café del frente
con una libreta en la mano,
la mirada extraviada
y, según los testimonios,
murió de dieciséis intentos,
por parte del autor de los hechos,
de ponerse a escribir
pero nunca lo hizo.
«Para morir
al poema
no nacer le basta»,
aseguró con indignación
alguien más a quien interrogamos,
«una vez nace,
jamás muere».
Lágrima ignorada
Cuando vio la página en blanco
tuvo miedo de afear su belleza
y desistió de la gloria del verso.
La página lloró su vacío,
el verso su inexistencia
y él,
él no lo supo.
Nueva piel
Encontré una piedra jade en el camino
—cada quién encontrará la suya—,
mujeres y hombres
todos,
en algún momento
detendremos la marcha;
se nos arrebatará el aliento,
se nos arrancará el velo de certidumbres
y, frente a dicha locura de gozo y sin sentido,
se nos dará nueva piel:
vino nuevo, odres nuevos.
Su callada voz todavía susurra en mi oído,
mientras mis pies hienden la tierra.
Mi vida es otra,
aunque sea la misma:
cada encuentro es la insólita colisión
de unos cuerpos que llegaron siendo unos
y se van siendo otros.
Cuerpo puede ser un cuerpo,
cuerpo puede ser un hecho,
cuerpo puede ser un sitio,
cuerpo puede ser un tiempo,
cuerpo puede ser
una piedra jade en el camino.
Escuché su reclamo mientras me vio ir,
escuchó ella el mío mientras la vi quedarse:
me fui con el dolor de quien sabe que pudo no irse,
no sé con qué dolor ella se habrá quedado.
Otros caminantes
se detendrán junto al camino
y seguramente, como yo, repararán en su destello;
ella tal vez reparará en sus pasos:
entonces tal vez me recuerde,
entonces tal vez me olvide.
Vos y yo
Tal vez lo más cercano a la luz
sea el sonido.
Ambos viajan en el aire
y sabemos de su existencia
cuando tocan nuestros sentidos.
Una vez los percibimos
se quedan con nosotros
en la piel y en la memoria.
Porque la luz y el sonido,
¿por qué no?,
podemos ser vos y yo.
Beso milenario
Ella avanza
a pesar nuestro.
Su beso acolora las cosas
y a su paso
devela lo escondido.
Se topa con kilos de miseria
en esquinas de tugurios anónimos
y con latas de cerveza atascadas
en gargantas de ballenas
en el fondo del océano.
Su mirada de fuego
no ignora las muertes en Gaza
ni el dolor deshumanizado
que dejamos de escuchar
en las fronteras.
Y se ha quedado aquí
desde hace más
de trece mil millones de años
—o puede ser que no lo sepamos en realidad—
a la espera de alguien
que la sienta,
la palpe,
la escuche.
