REFLEXION SOBRE ZUBIRI

Por Antonio Aguilea, SJ

Tantas veces doy por sentada la aprehensión sensible. El proceso del sentir no ha significado para mí, a lo largo de mi vida, un hecho al que deba detenerme y explorar. Lo que me lleva a pensar que, aunque me he servido de mi interior, al mismo tiempo me ha sido ajeno. Al referirme a mi interior, me refiero a toda esa estructura sentiente, a primera vista etérea, que es inherente a mi ser animal. Quizás por esa pereza o distracción hacia el sentir me ha sido mucho más fácil detenerme y analizar mis razonamientos, sin atisbar, siquiera un momento, que la intelección humana no es contradictoria al sentir.

               Cuando leo los tres procesos que Zubiri adscribe al sentir, no puedo más que dar un gesto afirmativo y decir: “es cierto”. Y es que nuestra aprehensión sensible permanece activa a cada momento, descansando solo cuando dormimos —¿y si los sueños fuesen una respuesta, con determinadas modificaciones tónicas basadas en las suscitaciones que quedan reverberando en nosotros? —. Y precisamente por ser este un hecho continuo es que no reparamos en él. Ahora mismo pienso en que el acto de escribir estas reflexiones son una respuesta a lo suscitado por la lectura de Zubiri. La forma en que lo estoy haciendo y las palabras que uso delatan la modificación tónica con que se afectó mi estado vital. Es decir, podría estar escribiendo de otra manera, pero lo estoy haciendo precisamente de esta.

               Entonces descubro que, en todo momento, desde que me levanto por las mañanas, soy una víctima de las impresiones. Y digo víctima porque no puedo escapar de las impresiones. Tampoco es que quiera escapar de ellas, sencillamente ellas suceden porque son parte de la aprehensión sensible, sin la cual no accedería a la realidad. Desde que el sol entra por la ventana, un olor nos alcanza, la suavidad o aspereza de las sábanas nos toca o vemos el reloj que marca una determinada hora, desde ese instante de segundos se gesta en nosotros la impresión y la padecemos. Es entonces cuando la alteridad se hace presente. Reaccionamos frente a la alteridad porque es un “otro” que me interpela de su “ser otro”. No es cuestión de que lo queramos o no. No podemos decir “hoy no me dejaré impresionar por nada”. Precisamente al decir eso estaríamos confirmando una impresión: la de que, hartos de impresionarnos, deseamos no sentir para evitar que nada nos impresione, cosa en verdad imposible.

               Eso que nos impresiona, eso otro, eso que es contenido propio, se queda en mí desde su autonomía. La lectura de Zubiri es un contenido en si misma que no depende de mi proceso sensible para ser ella. Y ella se queda en mí, desde su ser otro, pero se queda de determinada manera. Y yo tengo un sinnúmero de posibilidades de afectación con ese quedarse de la lectura en mí. Tengo diversas maneras de habérmelas con dicha afectación. Y se me ocurre que esta habitud estará determinada por las maneras en que antes me haya enfrentado o no a afectaciones de este tipo. Pude, por ejemplo, leer de corrido la lectura, sin reparar en aquellos párrafos que por alguna razón me gustaban y ver esta lectura como una tarea más que debe ser completada, sin implicarme más allá del deber con ella. Pude, también, dejarme afectar, detenerme, levantar la mirada y ahondar en esos párrafos, cuestionarlos o hacer analogías con otros pensadores. A la vez, esta impresión que me ha afectado me ha mostrado su alteridad y se ha impuesto en mí con cierta fuerza, también se me muestra en dependencia de mi estructura de formalización y su contenido se modula por ella.

               Ahora que he avanzado en mi escrito me doy cuenta de que hay un ansia en mí por encontrar ejemplos de aplicabilidad a la lectura. Y esto también es parte de mi estructura formalizante.

               Una de las cosas que quiero se me permita recalcar, antes de finalizar, es que Zubiri por fin da una estructura espacio-temporal al contenido sensible, cosa que, según él, no hizo Kant. Y quiero recalcarlo porque me llama la atención cómo un asunto tan intrínseco a nosotros, animales humanos, fue visto solo de reojo por siglos. Cuando pienso en que constantemente estamos dando respuestas a nuestras impresiones, que buscamos alimento cuando tenemos hambre, que decidimos comprar tal prenda de vestir, que vemos tal película en el cine, que lloramos cuando nos dan tal noticia o nos alegramos, que ponemos tal canción y la escuchamos con nuestros auriculares o que nos quedamos recostados en la cama; cuando pienso en todas esas respuestas que estamos dando con cada respiro, me convenzo de que el proceso del sentir es algo que puede suceder en segundos y, sin embargo, ser al mismo tiempo complejo, como ha quedado demostrado en Zubiri. ¿Nos servirá de algo reparar más en dicho proceso?, ¿será por esto que la neurociencia es un asunto que ocupa a muchos estudiosos hoy día?, ¿dicho proceso habrá significado una revelación para nuestros días y por ello el auge de las teorías que aúnan los procesos internos, cerebrales y físicos? Es posible, lo cierto es que el sentir es tan parte de nosotros, que tal vez por eso es que lo ignoramos y no nos percatamos de su complejidad.

Deja un comentario