Una aproximación fenomenológica
Por Antonio Aguilera, SJ
En el presente texto me propongo analizar fenomenológicamente los discursos e imágenes de Dios implicados en la película Primavera, verano, otoño, invierno …y primavera, dirigida por Kim Ki-duk y también conocida como Las estaciones de la vida. Además, profundizaré en las repercusiones que estos discursos e imágenes de Dios ejercen sobre las relaciones entre los personajes del film en los distintos ámbitos de la vida.
SITUACIÓN
Dos monjes habitan una casa flotante, en medio de una laguna, custodiada por imponentes montañas, verdes y cubiertas de neblina. Un monje es de edad adulta y el otro es un niño, claramente su discípulo. La vida parece transcurrir entre el silencio, la naturaleza y una rutina equilibrada.
La película comienza mostrando la apertura lenta de una puerta que nos deja apreciar el paisaje. Y podemos leer en la pantalla “Primavera”. Desde aquí podemos advertir que hay una referencia evidente a las estaciones. Cada estación será el inicio de una nueva etapa en la vida de los personajes.
CONTEXTO
Los protagonistas se encuentran aislados. Viven solos y se alimentan de lo que encuentran en el bosque, al cual pueden llegar cruzando el lago con una pequeña barca. El niño monje se muestra alegre e inocente, risueño y juguetón. El monje adulto conserva la parsimonia y se concentra en sus oraciones, los deberes y en la instrucción de su discípulo. Existe un contexto sano y natural; pero a pesar de esto, como todo ser humano, no estarán exentos de experimentar situaciones que no pueden controlar con su propia racionalidad.
DISCURSOS SOBRE DIOS
La obra está llena de simbolismos y connotaciones, algunas de código universal y otras que pertenecen concretamente a la cultura oriental.[1] Entre los símbolos más palpables que encontramos y que hacen referencia Al Misterio, o Dios, es la imagen del Buda que aparece a modo de altar en el centro de la casa flotante. Al despertar, tanto el monje adulto como el niño se postran ante esta figura de Buda, rodeada de velas encendidas.
Apreciamos el intento por separar dos realidades, como símbolo del límite establecido entre lo profano y lo sagrado. A veces se trata del límite entre interior y exterior. Sea entre el interior de la arquitectura y la plataforma sobre la que se deposita, sea entre ese conjunto y el propio lago que hay que atravesar en barca, sea entre la tierra y el agua a la que se accede atravesando un dintel desprovisto de cerrado.[2] Y vemos otra puerta dentro de la casa. No hay paredes que dividan el espacio donde duermen los personajes, pero hay una pequeña puerta, aparentemente innecesaria, puesto que cualquiera podría entrar o salir por los lados. Sin embargo, hay aquí también un simbolismo acerca del límite. No se puede mezclar el lugar de descanso, con el de oración o meditación. De la misma manera aquella puerta que da entrada al lago separa el espacio del bosque donde se sale a buscar la comida, el agua para bañarse o la recreación.
Pero no todo se reduce a símbolos. Esta obra cuida mucho el contraste entre el silencio y la irrupción de la palabra. De hecho, los personajes hablan muy poco. Sin embargo, las palabras pronunciadas conllevan una carga de Misterio significativa. Las palabras se desprenderán con sabidurías, revelando realidades humanas, como cuando el maestro le dice a su aprendiz, después de que acogieran a una muchacha enferma: “…su alma sufre. Su cuerpo recuperará la salud cuando encuentre la paz”. Reconocemos aquí que la vivencia del mundo interior está unida a la salud y la enfermedad. Y la paz será signo de un alma que ha superado el sufrimiento, un sufrimiento inherente a la vida humana, pero que no es absoluto, como no lo es tampoco la paz (de la misma manera que en las estaciones ninguna época es absoluta).
Cuando la película ha avanzado, leemos en la pantalla que comienza el “verano”, tiempo en el que el ahora joven monje vive muchas emociones y se descubre atraído por la muchacha. En este momento, su maestro le dirige unas palabras proféticas: “El deseo despierta el ansia de poseer y éste el instinto asesino”.
Cuando la chica se va, ya curada, el adolescente no soporta la idea de vivir sin ella y abandona el templo, llevándose una imagen de Buda (probablemente el símbolo de su esencia divina) y el gallo (quizá el símbolo de la afirmación del ego y de la lujuria).[3] De esta manera, Dios estará presente en todas las dimensiones del ser humano. No existe una concepción de lejanía de Dios; más bien, Dios está presente en todas las circunstancias. Por eso el joven se lleva el Buda en un morral cuando se marcha en busca del amor. Y también regresa con él en una mochila, cuando ha asesinado a su mujer. Ciertamente hay una necesidad de expiación, pero Dios está presente. Han existido equivocaciones humanas y muy graves; pero, Dios no es esa fuerza que se encuentre solamente en un estado de equilibrio y paz, Dios es quien acompaña incondicionalmente y le recuerda al ser humano su capacidad para redirigir su existencia. Y esto ha sido precisamente el otoño, una etapa de cambios bruscos, son signos de agresividad. El maestro recibe al joven con amor y le procura una nueva lección para sanar el rencor de su corazón. Caligrafía sobre el suelo de madera los caracteres del budista PRAJNAPARAMITA SUTRA (el Sutra del corazón).
Atendiendo a la pregunta de si el discurso de Dios en esta película rememora al Dios de nuestros padres o al Dios heredado, puedo decir, en mi caso, que es una experiencia distinta. El Dios de mis padres o el que yo heredé, era un Dios que se mostraba cercano si mis acciones eran acordes a sus preceptos y que me encontraba lejos de él cuando me encontraba en “situación de pecado”. Esto es lo que me enseñaron mis mayores y lo que decía el párroco de mi pueblo. Eso provocó que mi imagen de Dios estuviera predeterminada por un “estar” junto a él y un “no estar”. Sin embargo, este film me presenta a un maestro tratando de heredar a su discípulo la imagen de un Dios que se encuentra en la vivencia de cada etapa de la vida y que las acompaña. Lo que depende del aprendiz es la disposición a aceptar sus equivocaciones, enfrentar sus errores y disponerse a encontrar la sabiduría.
La imagen del Dios reflejado en esta experiencia analizada es la de quien se encuentra en la práctica del taoísmo o del zen, donde toma importancia la aprehensión directa de la realidad y ser capaces de encontrar a Dios en el silencio interior, acallando la mente, y “así es como la mente debe permanecer para percibir la verdadera naturaleza de las cosas”.[4]
Y ¿cómo repercutieron todas estas experiencias en los personajes del film?, ¿qué implicaciones afectivas, políticas, artísticas o religiosas tuvieron? Pues bien, no es fácil hablar de esto, cuando en toda la película solamente aparecen ocho personas: el maestro, el aprendiz, la muchacha y su mamá, los dos oficiales y, al final, la mujer vendada con el niño que será el nuevo discípulo. Sin embargo, una vez más queda demostrado que para describir los grandes problemas de la vida, no hace falta demasiado. Pues en esta película han logrado reflejar muy bien, tales repercusiones.
En el ámbito afectivo, encontramos que, a pesar de las recomendaciones y enseñanzas del maestro, el joven no fue capaz de hacer caso y “debido a su naturaleza”, no racionalizó sus impulsos y se dejó llevar por su pasión hacia la muchacha. Lo que al principio fue una aventura de amor, terminó en un asesinato. Pero la gran repercusión de este Dios presente en todas las etapas de la vida sucede cuando el joven, después de todos estos acontecimientos, decide tomarse en cerio el camino de la sabiduría y, a imitación de su maestro, emprende una vida de equilibrio, meditación y se convierte en el maestro de otro niño.
En el ámbito político, el joven hubo de cumplir una condena y fue llevado por los oficiales. Pero, a pesar de esto el joven no perdió la esperanza y, una vez cumplida la sentencia, regresó a la casa flotante lleno de experiencia y consciente de la necesidad de vivir una vida contemplativa.
En el ámbito artístico, encontramos que Dios le hizo ver sus capacidades y comenzó por ello a practicar artes marciales, cuando descubrió un pequeño libro con instructivos. Se dispuso a entrenar y su cuerpo se fortaleció al mismo tiempo que su espíritu.
En cuanto al ámbito religioso, es evidente que su hondura espiritual se fortaleció, vio con más claridad la vida y, por fin, aquella realidad de lo sagrado tomó importancia y lo fue llevando hacia El Misterio, hacia el Dios que siempre anheló desde niño.
BIBLIOGRAFÍA
Velasco, Juan Martín, Introducción a la fenomenología de la religión, para conocer las estructuras significativas del hecho religioso.
Valor, Jaume, DCPapers, Revista de crítica y teoría de la arquitectura, n.21-22, 2011, Barcelona.
https://riull.ull.es/xmlui/bitstream/handle/915/13310/LT_08_%282010%29_34.pdf?sequence=1
[1] https://solcastro.files.wordpress.com/2008/08/criticas-de-cine.pdf
[2] Valor, Jaume, DCPapers, Revista de crítica y teoría de la arquitectura, n.21-22, 2011, Barcelona.
[3] https://riull.ull.es/xmlui/bitstream/handle/915/13310/LT_08_%282010%29_34.pdf?sequence=1
[4] Valor, Jaume, DCPapers, Revista de crítica y teoría de la arquitectura, n.21-22, 2011, Barcelona.