Por Antonio Aguilera, SJ
El parágrafo 12 del libro IX de la Ética Nicomáquea, lleva por título La aspiración a la convivencia. Para Aristóteles el ser humano tiene razones para aspirar a la convivencia y hay ciertos elementos que son necesarios para que esta se lleve cabo. Comienza este apartado con una pregunta retórica en la que establece que para los amigos lo más deseable es el convivir y para los amantes el “ver”. De esta manera, queda planteado algo muy importante: no puede existir amistad sin convivencia; es más, a ella aspiramos. Y aspiramos a ella porque la amistad es comunidad. Una sola persona no puede producir amistad si no hay otra con quien haga comunidad. Pero, además, deberá existir disposición. Así como uno tiene disposición para realizar actividades de gusto personal o para hacer cosas propias, así también la disposición mutua será indispensable al momento de convivir.
Sin embargo, ¿podría darse la amistad si las dos partes no son capaces de compartir aquello que para ellas es lo más importante o esencial en la vida? Evidentemente, no. Cada uno habrá de expresar y actuar de acuerdo con lo que considera es lo más preferible para vivir, sus convicciones, sueños y, en pocas palabras, esos motivos que lo llevan a ser lo que es. Por ello la convivencia estará nutrida de las ideas y aspiraciones de los amigos. Y si estos deciden convivir es porque están de acuerdo o, al menos, encuentran gozo en compartir lo mismo que el otro, sin obviar los puntos de vista personales respectivos.
Se nos brinda el ejemplo de aquellas amistades que, entonces, “beben juntos, otros juegan juntos, otros hacen ejercicios, o cazan, o filosofan juntos”. Pero a esto podemos agregar cualquier número de actividades que realizan los amigos al momento de convivir. Hoy día podemos decir, ir al cine a ver una película, ver un partido de fútbol, salir en bicicleta, etc. Pero lo más importante, en medio de todo esto, es que dichas actividades las haremos con quienes más amamos en la vida.
Pero, nuestro autor desea hacernos conscientes de que, en la amistad, puede ocurrir que se de entre “hombres malos”. Y, ¿quiénes son estos hombres malos? Son aquellos cuyas acciones están motivadas por la inconstancia. Es decir, se participa de malas acciones porque antecede este aspecto que bifurca la amistad buena. Y ello provocará que el otro se vea implicado en dichas acciones y, por lo tanto, se convierta para Aristóteles también en un “hombre malo”. Y así, la contraparte es que la amistad entre hombres buenos se acrecienta también y ellos se hacen mejores. Pero esto no brota por el azar, sino porque se corrigen mutuamente y desean lo mejor para los dos. Podemos lo que les agrada se va convirtiendo en “modelo” para ellos, o también razón para continuar conviviendo. Y concluimos que, aunque aspiramos a la convivencia, no siempre lo hacemos de la mejor manera; pero, tenemos la gran posibilidad de hacerlo si al convivir buscamos la virtud.