Por Antonio Aguilera, SJ
En una era como la actual, en la que los procesos han sido relegados por el afán de inmediatez y la búsqueda de la realización plena del ser humano (en su ser y sus fines) se ha visto desbancada por un consumismo exacerbado que nos lleva a encontrar una aparente realización en la satisfacción pronta de necesidades falsas, se hace pertinente el estudio sobre el acto, uno de los aspectos de la filosofía aristotélica que, aun hoy día, podría brindarnos luces para tomarnos en serio el amor por el conocimiento y adquirir una disposición, tantas veces olvidada, hacia la virtud, para alcanzar ese bien supremo que se nos escapa de las manos, por ignorancia o por testarudez. Procuraré demostrar las distintas formas en que Aristóteles habla de la importancia de este hecho. Apreciaremos cómo está hilvanada la indagación sobre la dirección de nuestras acciones en base a la inteligencia y cómo esto puede llevarnos a una existencia individual y comunitaria plena.
A medida que transcurre el tiempo, las generaciones de padres a hijos muestran sus diferencias de la misma forma en que la historia se encarga de dilucidar aquello que caracteriza a los antiguos pensadores de los actuales. Sin embargo, hay constantes que no mueren a través de los siglos, y perduran porque forman parte de las preguntas esenciales de la vida. Y quisiera hacer alusión, antes de entrar en materia, a una pequeña anécdota personal que ilustra la forma en que podemos tomar consciencia de la importancia del acto aristotélico. Siempre admiré desde niño la facilidad con que mi padre cuida de las plantas y las hace producir. Él me trataba de enseñar; pero, yo quería resultados rápidos. Con el tiempo vi que eso aparentemente tan natural y fácil en él como limpiar el terreno, hendirlo, sembrarlo, abonarlo y cosecharlo en abundancia, no era fruto de la celeridad. Todo lo contrario, hubo de pasar por muchos años de experiencia para llegar a hacer lo que hace con eficacia. Él fue capaz de llevar al acto sus potencialidades de agricultor mediante el conocimiento, el esfuerzo y la costumbre. Además, se procuró las condiciones necesarias para hacerlo. De la misma manera en todos los ámbitos de nuestra vida, se requiere de un proceso así, en el que pongamos todo de nuestra parte para llegar al acto.
Pero ¿cuál es la raíz de todo este asunto que me estoy atreviendo a tratar? Después de acercarme a la lectura del estagirita, me di cuenta de que el estudio sobre el acto adquiere una gran relevancia dentro de su filosofía, puesto que sus planteamientos en obras como la Metafísica, del Ánima, la Ética o La Política, están encaminadas a la perfección del acto. Y podemos decir que llegamos al acto cuando todas las condiciones del devenir están reunidas (potencia y condiciones). Todos tendemos al acto, pero no siempre nos dirigimos a él de manera consciente. Aristóteles nos ayuda a ver en él un camino, un proceso con ciertos aspectos necesarios para la plenificación personal y comunitaria. Alrededor de este tema desarrollaré mi exposición.
En primer lugar, y para fundamentar lo anteriormente dicho, encontramos que las acciones deberían estar referidas por la inteligencia, ya que esto, precisamente, es lo que nos hace humanos, según Aristóteles. Quien se aventure a conocer, sabrá que conocer algo en profundidad nos da gusto. Sin embargo, hay cosas que pareciera no se pueden pensar o que se resisten, y nos asalta la pregunta: ¿cómo encontrar un camino para pensar lo que no se puede pensar? Aristóteles nos dice que los más universal del ser es lo inteligible, lo inmóvil -causa de todo lo que se mueve-. Y así podemos avanzar hacia lo más cognoscible, mediante esas cosas que son buenas, luego las que son buenas para cada uno y mediante aquellas que llegarán a ser buenas. En este sentido pasamos por una etapa de reconocimiento de la necesidad de racionalizar y deliberar acerca del camino para que nuestras acciones estén verdaderamente orientadas por lo que nos hace más humanos, la inteligencia. Eso significa que nuestra voluntad juega un papel importante al momento de movernos hacia esa meta. Porque en lo que una persona se convierta, sucederá por decisión propia. Y apreciamos que esta concreción del acto no está referida solo al ámbito individual. En La Política veremos con extraordinaria lucidez la relación existente entre el acto individual y el común, puesto que para Aristóteles se tratará de buscar, primero el bien de todos, luego el de la comunidad, el de la familia y el del individuo. Esto tendrá repercusiones evidentemente prácticas, como el hecho de buscar los fines y procurar los medios para que la ciudad goce de una vida buena. Se hablará del legislar bien, de buscar el gobierno adecuado, de medir la cantidad poblacional, establecer las características territoriales, la educación, etc. Y todo esto, repitámoslo, con el fin de llevar al acto las potencias y condiciones de los individuos, la comunidad y la ciudad, en general, para alcanzar una vida buena.
Y es aquí cuando podemos hablar del acto y la potencia, que son vías para llegar al término de la buena disposición o, mejor dicho, a realizar bien nuestra función. Aunque, si bien es cierto, ningún cuerpo puede experimentar una modificación por obra de sí mismo, también es cierto que solo mediante nuestra disposición a la virtud es que concretamos nuestro fin, para lo que hemos sido dispuestos, y eso cada uno lo sabrá, si realiza un examen continuo de sus acciones. Aristóteles divide la potencia en tres tipos: las congénitas (naturales), adquiridas (artes, ciencias prácticas, por hábito, estudio, esfuerzo…) y las racionales (determinadas por la elección y el deseo). Por eso, aunque poseemos una potencia congénita, no es suficiente para llegar al acto. Y, si llegaremos a tener también las adquiridas, no sería suficiente. Nos hará falta poseer también la potencia racional, mediante la cual tendremos el pleno involucramiento por la elección y el deseo. Por lo que solo se llega al acto cuando todas las condiciones del devenir están reunidas (potencia y condiciones).
Y, por último, el acto encarna el esfuerzo por alcanzar la virtud y, con ella, la felicidad que es el acto supremo del alma. Pero nos encontramos con una realidad: los seres humanos tendemos a los extremos. Las pasiones son un asunto del alma y si nos dejamos arrastrar por ellas, sin examen ni esfuerzo por racionalizar, estas impedirán que llevemos una vida fecunda. Aristóteles, entonces, alabará la buena disposición al punto medio, que nos llevará a la conservación o, mejor dicho, a una vida fecunda. Cosa nada fácil, pues cuando hablamos del bien, hacemos referencia a lo determinado, lo cual siempre es más difícil de alcanzar respecto de lo indeterminado. Así mismo, podríamos decir que, incluso, la amistad es una especie de propedéutica de la inteligencia en la que cada hombre gozará de la convivencia como un fin en sí misma y en la que juntos nos perfeccionamos si aspiramos al desarrollo de nuestras potencialidades. Y esto tampoco es fácil, pues nos tienta la inconstancia, un mal que nos impide llegar al acto.
De esta manera, podemos concluir que sin el acto es imposible comprender el planteamiento de la filosofía Aristotélica. Tendemos hacia él. Nuestras acciones están dirigidas a él, mediante la inteligencia. La felicidad como el acto supremo, tiene como vías el acto mismo y la potencia. Pero sería imposible llegar a él sin un esfuerzo personal, sin un hábito, sin el deseo sincero de alcanzarlo. Y para Aristóteles nos movemos mediante deseos y desear con objetividad racional, es también una capacidad volitiva nuestra. Habremos de elegir este camino del conocimiento para alcanzar la virtud, disponiéndonos a ella por la escucha del logos. Entonces no estaremos lejos de la plenitud racional y política. Y esa búsqueda de realización tan inherente a nosotros, ya no residirá en la obtención pronta de caprichos consumistas y alejados de procesos serios y comprometidos; sino que, guiados por la inteligencia y la aspiración a la virtud, concretaremos nuestros anhelos con mayor perfección y nos esforzaremos por ello.
El estudio sobre este aspecto no se agota y, si prestamos atención, advertimos que falta mucho camino para comprenderlo mejor. Yo he dicho que todos tendemos al acto; sin embargo, hay una pregunta que puede ser la punta de lanza para otras investigaciones: evidentemente para Aristóteles el acto es un fin, el cual se realiza mediante nuestras potencias y condiciones; pero, dichas potencias con el tiempo se debilitan, entonces, ¿nuestra capacidad para llegar al acto se debilita también?