Por Antonio Aguilera Flores, SJ
Si hay un aspecto que no se puede obviar de la historia del ser humano, es el de la movilidad. Desde los desconocidos orígenes del mundo, las criaturas se han visto en la necesidad de moverse de un lugar a otro, por muy variadas razones. Y los seguimos viendo hoy día, en las aves con mayor claridad. Ellas son capaces de cruzar un continente entero en busca de alimento. Parecen tener, incluso, sus tiempos establecidos. Cuando no encuentran comida o no soportan las inclemencias del invierno, alzan vuelo en busca de un lugar mejor. He tenido la oportunidad de contemplar una escena de este tipo el año pasado. Una tarde, leyendo en el patio, levanté de pronto la vista y me encontré con una fila interminable de puntos negros en el cielo que avanzaban sin desaparecer. Fue hasta la noche que aquella extensa línea fue dispersándose. Eran miles de pájaros que iban hacia Sur América y venían del Norte. Uno que otro se posó en las palmeras del frente para descansar y seguir después con su trayecto.
La migración, pues ¿surge de la nada?, ¿surge porque sí? El pueblo de Israel, según la Biblia, hubo de caminar por el desierto, huyendo de la esclavitud y en aras de una tierra que les devolviera la dignidad perdida. Latinoamérica se pobló gracias a migraciones que venían de Asia, según la teoría más aceptada. Si se supone que el hombre surgió en África, fue desde allí que se pobló la tierra. Sin embargo, no siempre las migraciones tuvieron un mismo motivo para llevarse a cabo. Queda claro que hay quien sale de su tierra por hambre, por violencia, por desesperación en medio de situaciones estatales deplorables, otros para enriquecerse y destruir (en el caso de la Colonia), otros para conocer simplemente, otros para compartir sus vidas, otros por diversión. Pero, el que sale por las primeras razones, lo hace arriesgando su vida y sin más afán que el de trabajar y ayudar a los suyos.
Según los datos de ONU DAES, para el 2019 había un total de 271,600 millones de migrantes en el mundo, que representan el 3,5% de la población mundial. De esos migrantes el 4,7% son mujeres. Resultan descalabrantes estas cifras si les ponemos atención. Son millones de personas que abandonan sus hogares a cada minuto y se arriesgan a un camino del cual no tienen idea qué les espera. Las historias son desgarrantes y a cualquiera podrían erizarle la piel. No olvido, por ejemplo, la historia de una niña recién nacida que traían ciertas personas que migraban y se hallaban en la frontera entre Panamá y Colombia. Venían desde África, para intentar llegar a Estados Unidos. Se encontraban en la Selva del Darién, cuando vieron a una madre que estaba dando a luz en medio de la noche. Después del parto murió la madre. Estaba demasiado débil debido a la fatiga y el hambre.
No es extraño oír de las caravanas centroamericanas, las cuales aglomeran a miles de personas que caminan durante semanas para cumplir el sueño americano. En la actualidad son casi cuatro millones de venezolanos que han salido de su país debido a la precaria situación social y política. El mediterráneo es el escenario de cientos de muertes en medio del mar, en el intento de muchos por cruzarlo y llegar a Europa.
Quizás haya sobrepoblación. Sin embargo, yo me pregunto ¿no hay también un exceso de recursos apiñado en unas cuantos países, ciudades o personas? Si decimos que hay un exceso de población, ¿por qué vemos en las películas de Hollywood mansiones repletas de objetos lujosos y estilos de vida derrochantes? Y luego, ¿por qué encontramos sitios donde apenas hay tuberías de agua y donde el abandono es tan grande que el lujo es solo una utopía? La migración tiene un origen, y ese origen conlleva casi siempre dolor. Nadie que tome una mochila y se lanze al camino dejando a su familia, con poco dinero en el bolsillo, se va porque quiere pasear y respirar nuevos aires. Quienes dejan su tierra, sus raíces arrastran el dolor de una mirada suplicante que les gritaba: ¡no te vayas!
El Papa Francisco, preocupado por esta situación, que parecen ignorar muchos, escribe en la Encíclica Fratelli Tutti: “Tanto desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes. Al mismo tiempo se argumenta que conviene limitar la ayuda a los países pobres, de modo que toquen fondo y decidan tomar medidas de austeridad. No se advierte que, detrás de estas afirmaciones abstractas difíciles de sostener, hay muchas vidas que se desgarran. Muchos escapan de la guerra, de persecuciones, de catástrofes naturales. Otros, con todo derecho, «buscan oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad»”.
La migración no es producto de la nada. Ella trae consigo un gran anhelo, ese que nombran la mayoría cuando hablan respecto de por qué se fueron: “porque quería futuro mejor, para mí y para mi familia”. ¿Por qué querían un futuro mejor?, tal vez porque el presente de su país es un presente precario y desesperante.