El fenómeno de la dictadura en la novela «Tiempos recios» de Mario Vargas Llosa

Por Antonio Aguilera Flores, SJ

El fenómeno de las dictaduras en América Latina es un asunto que aun hoy día perdura. Este es un tema que debió haberse superado hace mucho, después de las miles de muertes que han ocasionado los gobiernos en su afán de perpetuarse en el poder. Mario Vargas Llosa en su última novela publicada, Tiempos recios, se propuso retratar el mundo escondido detrás de la dictadura de Castillo Armas en Guatemala (1954-1957). Su libro comienza así:

“Aunque desconocidos del gran público y pese a figurar de manera muy poco ostentosa en los libros de historia, probablemente las dos personas más influyentes en el destino de Guatemala y, en cierta forma, de toda Centroamérica en el siglo XX fueron Edward L. Bernays y Sam Semurray, dos personajes que no podrían ser más distintos uno del otro por su origen, temperamento y vocación”.[1]

¿Y quiénes eran estos hombres y a qué se debe la enorme relevancia que les otorga Vargas Llosa? Los dos eran estadounidenses. El primero, Edward Bernays, era un publicista que fue contratado por Sam Zemurray, quien se convirtió en un empresario y magnate, al fundar la Cuyamel Fruit Company y más tarde se convirtió en presidente de la United Fruit Company. En Centroamérica todos somos conscientes del papel preponderante de las bananeras en la historia de nuestros pueblos. Sin embargo, no podemos obviar que así como generaron empleos y convirtieron nuestra zona en la exportadora número uno de banano en el mundo, también procuraron manipular los intereses de los políticos para actuar con mayor libertad y utilizar nuestras tierras para fortalecer sus desaforados intereses capitalistas.

            Esto fue lo que provocó el golpe estado de Castillo Armas al gobierno de Jacobo Árbenz. Las compañías bananeras ya habían expropiado tierras en Honduras y Guatemala y se movían con admirable libertad, aplicando los métodos de explotación necesarios para enriquecerse y expandir su poderío. Árbenz consciente de esto, cuando toma el poder en 1951, se propone mejorar la suerte del pueblo guatemalteco e implementa reformas que reviertan la pobreza en la que se encontraban. Logró instaurar la Reforma Agraria y conceder a los campesinos las tierras que les habían quitado el monopolio bananero. Esto fue el caldo de cultivo para que los estadounidenses actuaran y buscaran aliados para derrocar a Árbenz, ya que se promulgaba y actuaba abiertamente en contra de los intereses de los magnates.  

            Está claro que las dictaduras en América Latina son producto de los intereses de Estados Unidos y la Unión Soviética por establecer aquí gobiernos aliados a sus fines ideológicos, como producto del conflicto entre ellos que no acabó con la segunda guerra mundial. Desde entonces hemos presenciado dictaduras como las de Pinochet, en Chile; la de Jorge Videla, en Agentina; la de los Somoza en Nicaragua; la de Trujillo, en Rep. Dominicana; la de Carías Andino, en Honduras; la de Castillo Armas, en Guatemala y otras. Estas diferencias ideológicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética la apreciamos con mayor lucidez en la novela cuando leemos:

Quizás la mayor de las sorpresas que tuvo Árbenz en aquellos días estimulantes, cuando, luego de aprobarlo con pequeñas enmiendas por el Congreso, comenzó a aplicarse el Decreto 900, como se lo llamaba popularmente, fueron los ataques de la prensa extranjera, de Estados Unidos sobre todo, acusando a su gobierno de estar entregando a la Unión Soviética y de conspirar con esta para crear una quinta columna comunista en Centroamérica, desde la cual la Unión Soviética podría amenazar el Canal de Panamá, centro estratégico para la navegación y el comercio libre en el continente americano”.[2]

Es doloroso ver cómo estas potencias establecen sus operaciones en nuestras naciones y despliegan su aparato instrumental sobre nosotros como si fuéramos juguetes, los cuales ellos pueden manipular fácilmente. Y queda en evidencia, en el caso de las Bananeras, por ejemplo, cómo utilizaron a los gobiernos centroamericanos para evitar cualquier subversión campesina, aplastar los intentos de creación de leyes que favorecieran al trabajador y apropiarse de la mayor cantidad de tierras. El presidente Árbenz en Guatemala fue víctima del golpe de estado perpetrado por Estados Unidos a través de Castillo Armas, su títere, para desmantelar todas las reformas que ya había establecido para enrumbar el futuro de su pueblo. Sin embargo, la tragedia persiguió al mismo Castillo Armas, pues uno de sus oficiales lo mató en 1957.

En Honduras ocurrió la Huelga del 54, en la que los campesinos, hartos ya de tanta explotación, trabajando en condiciones insalubres y con salarios pésimos, salieron a las calles y exigieron sus derechos, logrando que se promulgara la Reforma Agraria, la cual se implementó muy pobremente en la realidad, aunque estaba firmada en papel.

Finalmente, quiero recalcar que las dictaduras siguen dividiéndonos, segregándonos como naciones que aspiran a condiciones más humanas y donde reine la paz. Tenemos a Juan Orlando Hernández en Honduras, a Ortega en Nicaragua, a Maduro en Venezuela y a Raúl Castro en Cuba. Aún nos resulta una utopía el dejar de depender de Estados Unidos. Nuestros gobiernos continúan propiciando los espacios necesarios para que estos poderes operen en nosotros como les plazca.


[1] Vargas Llosa, Mario, Tiempos recios, Alfaguara, México, 2019

[2] Ibid, pág 102

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