Por Antonio Aguilera Flores, SJ
Desde niños se nos habla de la época colonial y de la época de independencia, situación que compartimos los pueblos mesoamericanos y del Área intermedia. Sin embargo, esta realidad también es compartida con pueblos de otros continentes como el africano, que también padeció la brutalidad de la colonia, en sus diferentes etapas, desde el siglo XV, cuando se generó un comercio de esclavos escalofriante para traerlos a América y utilizarlos para saquear las riquezas del continente Abya Yala -nombre designado por las representaciones indígenas latinoamericanas para el continente y que proviene del pueblo Guna en Panamá-. Y los maestros y maestras tratan, en lo posible, de hacernos caer en la cuenta de todas las implicaciones que tuvo para nosotros ese tiempo de viajes, encuentros, sometimiento y diezmo de la población nativa. Sin embargo, no siempre lo logran. Tomamos muchas veces dicho tema con absoluta normalidad, como si fuera algo sin mayor importancia dentro de nuestra historia. Y hasta nos podemos convencer de que fue así porque tuvo que ser y nada más.
Con mucha facilidad podríamos ocultar nuestra mirada a los acontecimientos desastrosos ocurridos durante la colonia, con la realística brutalidad con que sucedieron, y excusarnos en frases como: “eso es cosa del pasado”, “no podemos conocer las cosas como sucedieron por la lejanía temporal que nos separa”, “lo importante es vivir el presente, lo que sucedió entonces no importa”, “la cuestión no fue tan fea”, “las muertes de los nativos quedaron recompensadas con la sobrepoblación existente hoy día”, etc. Lo cierto es que -y duele reconocerlo- conocemos muy poco sobre nuestra historia. Estamos inmersos en un mundo globalizado que nos ha robado las raíces y preferimos no rastrearlas. Para desgracia nuestra, esto solo incrementa nuestra ignorancia sobre lo que somos como pueblo latinoamericano. En su obra «Pedagogía del oprimido», Freire dice que las masas oprimidas deben tener conciencia de su realidad y deben comprometerse, en la praxis, para su transformación.[1] Sin embargo, esta transformación de la realidad solo ocurrirá si hurgamos en la hojarasca de nuestra historia.
En el presente texto me propongo reflexionar acerca de estos acontecimientos, centrándome en aspectos particulares sobre las distintas formas de explotación colonial hasta el siglo XVI, basándome sobre todo en varios fragmentos de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las casas. Teniendo en cuenta que esto tuvo implicaciones destructivas para la cultura nativa, de manera que, desde ese momento nada fue como se había vivido hasta entonces. Tomaré como base, además, otros textos fundamentales para el entendimiento de este período. Pero antes quiero hacer un pequeño retrato sobre el origen, la belleza territorial y la riqueza étnico-cultural que formaba parte de Abya yala, para vislumbrar con más atención qué fue lo que los españoles vinieron a saquear, destruir y matar, debido a su ciego afán por el oro. Que no resulte extraño mi énfasis en las culturas Maya (sobre todo) y Azteca, puesto que a ellas me siento más cercano debido a mi origen mesoamericano.
Y me dejaré guiar primordialmente por dos preguntas: ¿qué rasgos distinguían a nuestro continente antes de la llegada de los colonos? Y ¿qué formas utilizaron para diezmar nuestra población y someterla? Una vez respondidas estas preguntas, haré una síntesis final en la que apreciaremos cómo el deseo desmedido de riquezas pudo hacer ignorar a aquellos hombres occidentales la grandeza natural y cosmológica de aquellas culturas, que tenían miles de años de evolución y desarrollo tras de sí, con un amplio abanico de expresiones artísticas, científicas, agrícolas y arquitectónicas.
MESOAMÉRICA Y ÁREA INTERMEDIA
Solemos contar nuestra historia desde la colonia. Las épocas anteriores se nos aparecen difusas. Pareciera escapársenos nuestro origen y, para no complicárnosla, optamos por decir que vino desde la colonia para aquí. ¡Nada más desolador e irreal que eso! Somos lo que venimos siendo desde miles de años anteriores a la colonia. La evolución del hombre se gestó tanto en Egipto, Mesopotamia como en Abya Yala. Se supone que el hombre llegó a América, proveniente de Asia hace más de doce mil años. Desde entonces podríamos decir que comenzó nuestra historia como latinoamericanos. Estas evidencias indican que las primeras prácticas agrícolas se desarrollaron en los Andes hace alrededor de 10.000 años, prácticamente al mismo tiempo que en el Viejo Mundo.[2] Estos datos nos ayudan a aclarar que los seres humanos compartimos una historia universal. Los restos de grandes edificaciones de culturas antiguas como la egipcia, la china, india, Azteca, Maya o Inca, solo confirman este afán tan común a los seres humanos de desarrollarse y encontrar espacios de comunión.
Una de estas regiones de América en las cuales el ser humano se establece y desarrolla es la denominada “Mesoamérica” por Paul Kirchhoff (1960) que presenta como frontera norte el rio Panúco al Sinaloa, México y como frontera sur la desembocadura del rio Motagua hasta el Golfo de Nicoya en Nicaragua; es decir, que comprende gran parte de los territorios actualmente conocidos como México, Guatemala, El Salvador, Honduras y una pequeña parte de Nicaragua.[3]
Según Monterroso (1999), Mesoamérica se divide en cinco periodos cronológicos principales: Paleoindio (10,000-7,000 a.C.), Arcaico (7,000-2,000 a.C.), Preclásico (2,000 a.C.-250 d.C.), Clásico 250-900 d.C.) y el Postclásico (900-1525 d.C.), cada uno de estos periodos caracterizados por determinados aspectos culturales por lo que es importante el tener en consideración la existencia de otros periodos y las diferentes denominaciones otorgadas a estos.[4] Mesoamérica constituye “una de las más diferentes civilizaciones tempranas del mundo” (Wright 1989).
Wlliam Prescott (1873), argumentaba que los asentamientos mesoamericanos eran ciudades cubiertas de riqueza y gloria, habitadas por gentes cuyos logros podrían bien ubicarlas a la par que las civilizaciones del viejo mundo.
Incluso, cuando ya se había hecho hincapié en que los mesoamericanos habían alcanzado el estatus de una civilización, se subrayaba primordialmente la adquisición de la escritura, sus textos y calendarios, también sus logros artísticos y la grandeza de sus pirámides. Sin embargo, este entusiasmo por su elevado nivel cultural no arrastró consigo un interés equivalente por saber cómo estas sociedades se sostenían económicamente y cómo gobernaban su evidente complejidad política.[5]
En el caso de la escritura ha quedado claro que, al menos en Mesoamérica, la escritura se desarrolló primero en aquellas sociedades acerca de las cuales había evidencia de estratificación, pero que no estaban todavía completamente estratificadas, urbanizadas, ni dominadas por una organización estatal (Marcus 1992).[6]
El “Área Intermedia”, “Baja Centroamérica” o “Circuncaribe” es un área cultural del continente americano que geográficamente se sitúa en la zona que abarca desde el oriente del territorio actualmente conocido como Honduras; la costa atlántica, el centro de Nicaragua; Costa Rica, Panamá, la mitad occidental de Colombia, el occidente de Venezuela y las tierras altas y la costa de Ecuador (Constela, 1991).[7]
En cuanto a sus periodos culturales, se establecen cinco: El primer periodo (?-3000 a.C.), el Periodo Cerámico Temprano (3000-1500 a.C.), el Periodo Formativo (1500-500 a.C.), el Periodo de Desarrollo Regional (500 a.C.-500 d.C.) y el Periodo Tardío (500-1550 d.C.) (Constela, 1991).[8]
MAYAS Y AZTECAS
No resulta fácil acercarse a la historia cuando lo que encontraremos son crímenes, vejaciones e improperios hacia nuestros antepasados. Preferiríamos, a lo mejor, ver hasta donde llegan nuestras narices y no pasar de allí. Tocar nuestro pasado con seriedad científica y sentido identitario, requerirá de valor para tocar las llagas. Sin embargo, antes de tocar la profunda herida que nos legó la colonia, me parece necesario mencionar algunas de las características más importantes de la cultura Maya, con el objetivo de ver con más claridad qué fue lo que vinieron a suprimir los blancos europeos, en realidad ignorantes de una riqueza mayor al oro: la cosmología del imperio Maya.
Los Mayas fueron descritos como pacíficos, astrónomos movidos por el deseo del conocimiento y filósofos del tiempo; los aztecas, al contrario, fueron caracterizados como guerreros sombríos y fatalistas, inclinados a posponer la decadencia de sus dioses mediante prácticas de sacrificios humanos. En cada caso, los resortes de la acción se trazaron a una cultura particular de cada pueblo; y cada una era vista como motivada por un conjunto propio de singulares características.[9]
Se destaca la importancia de los jardines flotantes en el Valle de México, plataformas de cultivo construidas en la cuenca del lago, en el centro del valle.[10] En este sentido los Aztecas poseían, quizás, un mayor desarrollo agrícola, aunque también se ha registrado que los Mayas practicaban tipos de hortaliza parecidos. De lo que no cabe duda es que los Aztecas lograron estratificar un sistema político-agrícola que permitía a una gran población llevar una vida intensamente activa y hasta feliz, como lo retrata De las Casas.
En cuanto a la población Maya, se cree que el mayor asentamiento, Tikal del Clásico tardío, pudo haber tenido una población entre 65,000 y las 80,000 personas (Blanton 1981); el mayor asentamiento post clásico, Mayapán, contenía unas 12,000. En Copán había un estimado de 18,000-25,000 (Sanders and Websters, 1988); la mayoría de los cacicazgos al norte de Yucatán en la época de la conquista mantenían alrededor de 2,000-3,000 personas. El tamaño de las ciudades y de los dominios mayas fue menor que el de las tierras altas del centro de México.
Durante los años de la conquista, la ciudad capital Azteca, Tenochtitlán, tenía una población de alrededor de 160,000-200,000 habitantes aglutinados en 12-15 kilómetros cuadrados. Tenochtitlán era el corazón de un sistema de poder que regía recursos naturales y seres humanos, y la sacralización del espacio organizado implicaba una pretensión política al poder soberano exclusivo sobre la naturaleza y la sociedad.[11]
Ricardo Beldaña, SJ, en su libro Guatemala, una historia repensada y desafiante 1500-2000, habla de cinco tiempos -a manera de metáfora- para representar la historia de los Mayas: El Amanecer (Hacia el 1.500 a.C al 300 d.C, período Pre-clásico), El Pleno Día (llega entre los años 300 y 900 d.C, Período Clásico), El atardecer (900 y 1.500 d.C, Período Post. Clásico), El Anochecer (en 1524, la llegada de los conquistadores) y el Nuevo Amanecer (1500-2000 d.C, las tinieblas en las que los mayas han vivido un tiempo no tiempo entre la noche negra y un Nuevo Amanecer)[12].
Es innegable que el desarrollo de las culturas Mayas y Aztecas, nos pueden llegar a impresionar, incluso hoy día. Y hasta resulta admirable que lo Astrólogos mayas, con mucha anterioridad, habían identificado que la tierra giraba alrededor del sol, mucho antes de que Copérnico lo anunciara. Y, además, el cálculo que ellos hacían del tiempo de rotación completa de la tierra alrededor del Sol difiere únicamente en milésimas con el cálculo que hoy hace la NASA estadounidense[13].
Los avances en astrología llegan incluso a tener tintes astronómicos, y parecen, en ocasiones, pasar la línea de la mera intuición o lo esotérico para convertirse en una ciencia basada en el empirismo, en la observación meticulosa, producto de cientos de años. La producción arquitectónica es impresionante, teniendo en cuenta la red de acueductos y sistemas de irrigación. Los hermosos glifos que embellecían la escritura. Y todo esto lo desarrollaron en lo que podríamos llamar junto con Beldaña, El Pleno Día.
Las luchas entre pueblos también se desarrollaron antes de la colonia. De esta manera el imperio Azteca se convirtió ya antes en uno de los verdugos de los pueblos Mayas, cuando Tenochtitlán se preocupó por expandir sus fronteras. Pareciera existir en el común de todas las culturas, un ansia de expansión, de poderío y de preservación que ha llevado a algunas a dominar a otras, sin importar las consecuencias. Y con esto, las llamadas culturas fuertes, solamente han hecho ver que muchas veces el desarrollo puede arrastrar a una sed sin límites de procurarse más fuerza (económica, cultural, agrícola, etc.). Esto nos llevaría a una conclusión parecida a la de Marx, en la que hay ricos porque hay pobres que son explotados, y, entonces, habrían culturas sub-desarrolladas o estancadas porque hay otras que las explotan y no las dejan avanzar.
CRUDEZA COLONIAL,
LO DESCRITO POR DE LAS CASAS
Ha existido, a lo largo de la historia, un eurocentrismo abrumador que impide ver las particularidades de nuestro continente. Y esto es debido a que una vez pisaron nuestras tierras los colonizadores, nuestras formas de convivir y de ver la vida cambiaron drásticamente. Y es cierto, en algún momento se habría de encontrar nuestro continente con otras zonas del planeta, pero lastimosamente esto ocurrió bajo circunstancias terriblemente sangrientas e inhumanas. Lo que pudo ser motivo de alegría, debido al reconocimiento de otro ser humano, pronto se convirtió en explotación y muerte, para el beneficio de quienes habían llegado.
Me permitiré ahora citar varios párrafos que me parecen sustanciales de Bartolomé de las casas, en los que nos mostrará, desde su mirada conmovida, la crudeza de aquellos días de muerte.
Sin embargo, primero nos habla de este asombro al encontrarse con el otro, nunca antes visto, que era el nativo indígena y lo describe así: “Todas estas universas e infinitas gentes a toto género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales e a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosos, no querulosos, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Sus vestidos, comúnmente, son cueros, cubiertas sus vergüenzas, e cuando mucho cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra”.[14] Seguramente todos los que bajaban de los barcos se impresionaban con la novedad y admiraron la belleza de las tierras y las personas que encontraban. Pero luego, sobrevino la mortandad y Bartolomé también nos cuenta las razones de la misma: “La causa porque han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas” (Pág. 38).[15]
Poco a poco las zonas se fueron convirtiendo en campos de sangre. Los indígenas huyeron a las montañas y bajaban para sublevarse, y encontraban nuevamente la muerte con el fuego de los arcabuces. El grito de los nativos era olvidado por el afán descontrolado del oro. La cotidianidad tranquila, la caza, los ritos, el calendario maya, la observación de los astros, y todo cuanto definía la vida de los nativos, se vio truncado por la codicia de aquellos europeos.
De las Casas continúa describiéndonos ese que ha sido uno de los más grandes genocidios en la historia de la humanidad:
“Entraban e los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran e unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros, daban con ellas en ríos de cabeza por las espaldas, riendo e burlando, e cayendo en el agua decían: bullís, cuerpo de tal; otras criaturas metían a espada con las madres juntamente, e todos cuantos delante de sí hallaban” (Pág. 42).[16]
Las formas de matanza indígenas adquirían muchos matices, entre ellos el abandonarles a una alimentación malsana y dejar que murieran los niños:
“No daban a los unos ni a las otras de comer sino yerbas y cosas que no tenían sustancia; secábaseles la leche de las tetas a las mujeres paridas, e así murieron en breve todas las criaturas” (pág. 49).[17]
Continuamente De las Casas menciona la densidad geográfica y poblacional de los lugares, esto para hacer caer en la cuenta de la gravedad de las muertes, por ejemplo, aquí menciona lo sucedido en Cuba:
“El año de mil e quinientos y once pasaron a la isla de Cuba, que es como dije tan luenga como de Valladolid a Roma (donde había grandes provincias de gentes), comenzaron y acabaron de las maneras susodichas e mucho más y más cruelmente…donde hicieron estragos admirables, e así asolaron e despoblaron toda aquella isla, la cual vimos agora poco ha y es una gran lástima e compasión verla yermada y hecha toda una soledad” (pág.55).[18]
Cuando vemos un mapa o traemos a nuestra mente el paisaje descrito por el autor, quedamos pasmados ante la cantidad de kilómetros recorridos, afirmamos la belleza de los sitios y nos admiramos de la cantidad de gente depredada. Como lo hace aquí al hablar del Darién -selva fronteriza entre Panamá y Colombia-, hasta llegar a Nicaragua:
“Este despobló desde muchas leguas arriba del Darién hasta el reino e provincias de Nicaragua, inclusive, que son más de quinientas leguas y la mejor y más felice e poblada tierra que se cree haber en el mundo” (Pág. 57). “Desta provincia ¿quién podrá encarescer la felicidad, sanidad, amenidad y prosperidad e frecuencia y población de gente suya? Era cosa verdaderamente de admiración ver cuán poblada de pueblos, llenos de admirables frutales…A estas gentes (porque era la tierra llana y rasa, que no podían asconderse en los montes, y deleitosa, que con mucha angustia e dificultad osaban dejarla, por lo cual sufrían e sufrieron grandes persecusiones, y cuanto les era posible toleraban las tiranías y servidumbre de los cristianos, e porque de su natura era gente muy mansa e pacífica) (Pág. 63).[19] “Por las guerras infernales que los españoles les han hecho e por el captiverio horrible en que los pusieron, más han muerto de otras quinientas e seiscientas mil personas hasta hoy…habrá hoy en toda la dicha provincia de Nicaragua obra de cuatro mil o cinco mil personas, las cuales matan cada día con los servicios y opresiones cotidianas…(Pág. 66)[20]
El hambre, demás, arrastró a los nativos a realizar acciones en contra de su naturaleza:
“…e acaesió mujer matar su hijo para comello de hambre” (Pág. 64)[21]
En un punto de su texto, De las Casas, toma conciencia del año en que se encuentra y hace un recuento de todo lo sucedido en su memoria, y relata uno de los episodios centrales, en el que describe lo acontecido en la llamadad Nueva España, que no sino el actual México:
“Así que desde la entrada de la Nueva España, que fue a dieciocho de abril del dicho año de dieciocho, hasta el año de treinta, que fueron doce años enteros, duraron las matanzas y estragos que las sangrientas e creueles manos y espadas de los españoles hicieron continuamente en cuatrocientas e cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico e a su alrededor, donde cabían cuatro y cinco grandes reinos, tan grandes e harto más felices que España” (Pág. 68)[22]
Es muy probable que para entonces los Españoles conocieran algunas formas de expresión oral locales, y ya conocieran lenguas. Pero aunque no fuese así, De las Casas, movido por la compasión se pone en la situación del indígena y se convierte en la voz de ellos cuando interpreta lo que gritaban cuando los mataban tan injustamente:
“En Cholula los indígeneas exclamaban: “¡Oh, malos hombres! ¿Qué os hemos hecho?, ¿Por qué nos matáis? ¡Andad, que a Méjico iréis, donde nuestro universal señor Motenzuma de vosotros nos hará venganza!” (Pág. 70)[23]
El siguiente pasaje es uno de los más conocidos hasta el día de hoy, porque representa la escena del gran encuentro: Montezuma y los recién llegados. Y resulta una página desconsoladora. Esto porque los españoles se aprovechan de los agasajos con que fueron recibidos. No fueron capaces de admirar y crear una atmósfera humana, entrando en comunión con los Aztecas. Al contrario, apresaron a Montezuma y luego, con el filo de sus espadas, dieron muerte a aquella gente tan generosa que, con bailes y ofrendas, salieron a recibirlos. Una burla total contra nuestra cultura llena de hospitalidad:
“De Cholula caminaron hacia Méjico, y enviándoles el gran rey Montezuma millares de presentes, e señores y gente, e fiestas al camino, e a la entrada de la calzada de Méjico, que es a dos leguas, evióles a su memo hermano acompañado de muchos grandes señores e grandes presentes de oro y plata e ropas; y a la entrada de la ciudad, saliendo él mismo en persona en unas andas de oro con toda su gran corte a recibirlos, y acompañándolos hasta los palacios en que los había mandado aposentar, aquel mismo día, según me dijeron algunos de los que allí se hallaron, con cierta disimulación, estando seguro, prendieron al gran rey Montezuma y pusieron ochenta hombres que le guardasen, e después echáronlo en grillos” (Pág. 71).[24]
Pasa ahora a mencionar los movimientos que iban haciendo para desplazarse y llegar así hasta Guatemala, El Salvador (Naco) y Honduras, entonces también llamada Guaimura:
“Con este tan justo y aprobado título envió aqueste capitán tirano otros dos tiranos capitanes muy más crueles e feroces, peores e de menos piedad e misericordia que él, a los grandes y florentísimos e felicísimos reinos, de gentes plenísimamente llenos e poblados, conviene a saber, el reino de Guatimala, que está a la mar del Sur, y el otro de Naco y Honduras o Guaimura, que está a la mar del Norte, frontero el uno del otro e que confinaban e partían términos ambos a dos, trecientas leguas de Méjico” (Pág. 74)[25]
Y lleno de emoción, poniéndose nuevamente en las sandalias de aquella gente maltratada, De las Casas dice que todo lo sucedido será recordado por siempre. Y con esto nos deja una gran tarea: la de no olvidar, no dejar que la memoria histórica se pierda. Y por esto nos dice:
“Fue una cosa esta que a todos aquellos reinos y gentes puso en pasmo y angustia y luto, e hinchó de amargura y dolor, y de aquí a que se acabe el mundo, o ellos del todo se acaben, no dejarán de lamentar y cantar en sus areítos y bailes, como en romances (que acá decimos), aquella calamidad e pérdida de la sucesión de toda su nobleza, de que se preciaban de tantos años atrás” (Pág. 72).[26]
Según algunas fuentes, el total de muertes de indios en todo América significó el número aproximado de 92 millones de personas. La cifra es tormentosa. En todo el continente americano, desde entonces, surgió una época nacida entre sangre, rebelión y mestizaje.
SANGRE DE AYER, SANGRE DE SIEMPRE
Para finalizar, quiero advertir que este trabajo quiere unirse a la tarea de todos aquellos y aquellas que, preocupados por no dejar morir nuestra historia, miran continuamente el ayer para mostrar a las nuevas generaciones y a las que vendrán, esos siglos teñidos de rojo que, inevitablemente, forman parte de lo que somos.
Hasta aquí hemos delimitado las áreas que conforman Mesoamérica y el Área intermedia, territorios dentro de nuestro continente, Abya Yala. Hemos recorrido en rasgos generales el origen, desarrollo y expresiones de vida de nuestras culturas, sobre todo la Maya y Azteca. Después de adivinar esas joyas culturales, nos adentramos en la visión conmovida de un Bartolomé de las Casas quien, siendo también español, no se sentía unido a esa raza explotadora y embebida por el oro, capaz de matar millones de personas sin conciencia alguna.
No queda duda, pues, de que lo acontecido no dejará nunca de espantarnos. La muerte de nuestros nativos fue no solamente una muerte física, sino también espiritual, ya que “gran parte del proceso de evangelización presentó la fe cristiana como una verdad absoluta frente al ‘paganismo’ de los indígenas, negando así un diálogo respetuoso hacia la experiencia religiosa de los diversos pueblos originarios”.[27]
Me quedará siempre la inquietud de saber cómo hubiese sido la historia si aquellos hombres ciegos por la avaricia hubiesen actuado de manera distinta; si, llenos de deseos de compartir la vida y de respetar la dignidad del otro, hubiesen actuado, lejos de autoritarismos y despotismos inicuos. Quizás el hoy sería distinto. Tal vez aún hoy practicaríamos a lo largo de nuestros territorios, nuestras religiones ancestrales, como lo hacen los Mayas en Guatemala, que han logrado una unión cosmogónica tradicional con el cristianismo. Pero, no es así. Solo algunos pueblos, y muy reducidos en comparación a todo lo demás, siguen fortaleciendo sus cosmogonías, sin ser violentados. Nos quedan grandes retos por fortalecer lo que aún queda vivo y continuar rememorando lo perdido, todo para avanzar, ya indígenas puros, ya mestizos, ya migrantes nacidos en Latinoamérica, hacia un mundo donde el respeto hacia nuestra tradición milenaria se enriquezca. Pero, todo esto, sin dejar de cantar “aquella calamidad e pérdida de la sucesión de toda su nobleza, de que se preciaban de tantos año atrás”, como nos dice De las Casas.
[1] Freire, Pablo, Pedagogía del oprimido, Montevideo, Tierra Nueva, 1970
[2] https://www.elmundo.es/elmundo/2007/06/28/ciencia/1183046110.html
[3] Kirchhoff, P. (1960). Mesoamérica. Sus límites geográficos, composición étnica y caracteres culturales. México D.F.: Ediciones digitales.
[4] Monterroso, M. (1999). Esquema Cronológico de Mesoamérica. Guatemala: Fundación para la cultura y el desarrollo de Guatemala.
[5] Wolf, Eric, R. (1994). Para explicar a Mesoamérica. México, CIESAS-UAM-UIA, No. 2, Vol 1, Págs 1-17.
[6] Joyce, Marcus (1992), Mesoamerican writing systems: propaganda, myth, and history in four ancient civilizations, Princeton University Press,
[7] Constela, A. (1991). Las Lenguas del Área Intermedia: introducción a su estudio real. San José: Universidad de Costa Rica.
[8] Ibid
[9] Ibid
[10] Ibid
[11] Ibid
[12] Beldaña, Ricardo, Guatemala, una historia repensada y desafiante 1500-2000, 2012, Librerías Artemis Edinter, S.A. Guatemala.
[13] IBID, Pág. 32.
[14] De las Casas, Bartolomé, Brevísima relación de la destrucción de las indias, 1985, Gráficas Futura, España. Pág, 38.
[15] Ibid
[16] De las Casas, Bartolomé, 1985, Brevísima relación de la destrucción de las indias, España, Gráficas Futura. Pág, 42.
[17] Ibid
[18] Ibid
[19] Ibid
[20] Ibid
[21] Ibid
[22] Ibid
[23] Ibid
[24] Ibid
[25] Ibid
[26] Ibid
[27] Ftzgerald, José, CM, 2019, Danzar en la casa de Ngöbö, Resiliencia de la Vida Plena Ngäbe frente al neoliberalismo, Ecuador, Ediciona Abya-Yala.