La voluntad de Dios en San Ignacio de Loyola

Por Antonio Aguilera

San Ignacio de Loyola

Cuando evocamos la figura de San Ignacio de Loyola, de momento aparecen imágenes sorprendentes, hazañas admirables, hechos de tayas heroicas, y, sin duda alguna, se podrán enumerar una cantidad de actitudes y personas que avalan la inconmensurable personalidad de este hombre del siglo XVI. Y suele pasar que al compararnos con aquellos a quienes la Iglesia ha dado el título de Santos, pensamos lo de Santa Teresita: …que entre ellos y yo existe la misma diferencia que advertimos en la naturaleza entre una montaña cuyos picachos se ciernen en las nubes y el grano de arena sin relieve, hollado por los peatones. Sin embargo, es también gracias a ellos y al legado biográfico que algunos han dejado, que podemos advertir en esa entrega fiel a Dios un largo caminar, lleno de tantos sucesos y procesos internos, que pronto nos damos cuenta de que todo es producto de una amorosa fidelidad a la voluntad del Señor. De esta manera es que me propongo presentar algunas de las actitudes de Ignacio que reflejan su confianza en la voluntad divina, una vez la fue conociendo. Y así, a su ejemplo, llevar nuestras vidas a un seguimiento más abnegado al evangelio.

La “Autobiografía” da comienzo de la siguiente manera: Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo… De entrada, podemos entender que hasta entonces ignoraba la voluntad de Dios. En estas primeras palabras, cortas en realidad para englobar muchas experiencias, advertimos una tremenda confesión: Ignacio fue tan humano como todos, anduvo por la vida y se equivocó, caminó a veces sin rumbo fijo; la diferencia la hace después él, dejando a Dios que entre en su vida, para guiarle hacia un nuevo norte. La herida de bala en Pamplona, que le quebró la pierna y lo imposibilitó en cama por semanas, es el vivo símbolo de la drástica irrupción ocurrida en algún momento de la vida de todos, y en la que nos damos cuenta de que hay algo superior a nosotros, a nuestras concepciones y deseos de poder. La diferencia está en qué hacemos con esas experiencias, o las desechamos o las tomamos como oportunidades para ver con otros ojos lo que hay ante nosotros.

Entre cuatro paredes, sin poder moverse, ya no era el soldado valiente al frente de un ejército. Ahora estaba débil, frágil frente a sí mismo y frente a Dios. Ignacio se resistió al principio; pero se detuvo. Los libros sobre la Vida de Cristo y de los santos que le habían dado a leer durante su convalecencia, le hicieron despertar los deseos de bondad y servicio. Cristo le estaba invitando a su seguimiento. Y él se contenía, pero luego se imaginaba cumpliendo su voluntad y eso le dejaba un sentimiento de felicidad que duraba largo rato. Es aquí donde comienza una exhaustiva búsqueda, un peregrinaje sin volver la vista en el arado.

Una nueva perspectiva de vida aparecía. El horizonte se extendía y su corazón se iba moldeando con la docilidad de quien tiene sed de Dios, esa sed insaciable que cuanto más se colma, más se desea. Y reformuló su proyecto. Y dicho proyecto, que también se adaptaba a las circunstancias, se reformulaba a medida que avanzaba. Su peregrinaje le llevó a dejar familia, y tierra. Hace confesión de su vida, vela sus armas ante la Virgen, pasa días y noches en una cueva en Manresa llevando vida penitente, comienza a escribir los Ejercicios Espirituales, cruza España, llega a Italia, viaja a Jerusalén, y su peregrinación continúa al regresar, hasta que decide estudiar, sin dejar de vivir en entrega apostólica. Y acontecen tantos hechos, conoce nuevas amistades, y todo cumpliendo la voluntad que Dios le comunicaba en su corazón hasta que funda la Compañía de Jesús.

San Ignacio interpretó la voz de Dios en su vida como una llamada a la misión. De la misma manera, dejándonos seducir por la voluntad de Dios, debemos replantearnos nuestras formas de vida, tomar consciencia de que hemos sido invitados a existir para jugar un papel imprescindible en la construcción del Reino de los cielos. Ello implicará riesgo, aventura, confrontamiento, crítica. Pero Jesús no se quedará como un espectador a la orilla del camino. Actuará junto a nosotros y nos indicará el sendero.

Nos inquietará en ocasiones el no tener un plan fijado, un manual trazado con exactitud para conducirnos, y nos sentiremos tentados a pedirle al Señor una credencial del mañana; sin embargo, lo trascendental será vivir cada instante. En el recorrido del peregrino de Loyola, he descubierto que más allá de mí hay un mundo deseoso de conocer a Dios, hambriento de tener una razón para entregar su vida al servicio, anhelante de hombres y mujeres con un testimonio comprometido, edificante y sobre todo, lleno de fe, esperanza y caridad.

Dejemos que resuene en nuestro interior esta pregunta: ¿Estoy dispuesto a fiarme de la Voluntad de Dios? ¿Estoy dispuesto a entregar mi vida al servicio con todas sus inplicaciones?

 

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