Odiaba a su madre. Un día, cuando las gallinas aún no se levantaban de las ramas de los tamarindos, se fue de la casa que le vio nacer y crecer, harta de la monotonía. Se fue para Santa Rosa de Copán, donde sus tíos y allí se enamoró. Quedó embarazada, pero no soportaba la idea de que su marido y su hijo fueran negros, así que se marchó sin decir nada. Regresó a su casa y le dijo a su Madre: “Te regalo este cipote”. En el pueblo había un hombre que tenía fama de billetudo y mujeriego. Al poco tiempo ella logró quedar embarazada de él. El niño nació blanco como su padre. Crecía con las atenciones de un príncipe. Cincuenta, cien, quinientos pesos que ganara, eran para su chelito. La familia le reprochaba que tratara tan bien a su hijo blanco, y al otro lo dejara olvidado como si no existiera. Obligaban al negrito, que se convirtió en un ser callado y ausente, a que le dijera “tía” a su “mamá”, porque ella no merecía ser llamada Madre. Él, sin embargo, siguió llamándola mamá.
Por Antonio Aguilera
