“El viaje definitivo” Juan Ramón Jiménez (Crítica literaria)

Por Antonio Aguilera

 

El viaje definitivo

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde arbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde,

sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

 

juan ramonn jimenes
https://www.flickr.com/photos/mscnoticas/23850901401/

Juan Ramón Jiménez, como bien sabemos, es uno de los grandes referentes de la literatura universal. Su peculiar estilo y hondura poética le llevaron a ganar el Premio Nobel de Literatura (1956). Sin embargo su vida se vio agitada por momentos críticos de neurosis depresiva, y exilios que le obligaron a dejar su patria, España.

Podemos identificar tres etapas en su obra literaria: la sensitiva (1898-1915), la intelectual (1916-1936), y la de exilio (1937-1958). En la primera etapa se advierte una clara influencia Becqueriana, y en el poema que hoy nos ocupa encontramos semas que remiten a lo “sencible”. Además, la obra (Poemas agrestes) en la cual se haya este poema, fue publicada entre 1910-1911, precisamente en la primera etapa arriba mencionada.

El poema da comienzo con una frase de ruptura: “…yo me iré”, por lo tanto, el autor nos ubica en una perspectiva futurista. Es decir, desde su presente habla, y augura fatalmente que se irá (¿la muerte?). Escribe desde una posición lastimera. Mientras “se quedarán los pájaros cantando”, “el huerto”, el “verde árbol” y el “pozo blanco”, él se marchará en silencio como si nunca hubiese existido. Prácticamente su afirmación fatalista es la negación de la vida presente: el poeta escribe porque vive, pero asegura que una vez se vaya, todo seguirá igual, y él no hará falta. Sin embargo, el “huerto” el “verde árbol” y el “pozo blanco” pueden ser metáfora iluminante de los frutos que ha dejado en vida; y se irá, pero quedarán las amistades que forjó, la ayuda que prestó, su poesía, etc. Será interesante analizar, someramente, el significado del “pozo blanco”. Cirlot, en su Diccionario de Símbolos (1992), dice acerca del pozo:

El hallazgo simbólico de pozos es, en consecuencia, signo anunciador de sublimación. En especial, el acto de sacar agua de un pozo — como el de pescar — es un extraer desde lo hondo: lo que asciende es un contenido numinoso. Mirar el agua de un lago o de un pozo equivale a la actitud mística contemplativa. También el pozo es símbolo del ánima y atributo femenino, ya en alegorías y emblemas medievales.

No es de extrañar que en este poema, de evidente carga espiritual, hayan símbolos que remitan a un Eje angular o religioso. Una posible interpretación del “pozo blanco” nos induce a inferir que el “pozo” del autor es su alma (excluyendo la materia) en un sentido religioso, o bien su ser ontologíco (espíritu y materia), si otorgamos un sentido filosófico. El adjetivo “blanco” puede remitir a todo lo bueno, lo no manchado por estructuras impuestas externas, la pureza y convicción de sus actos. Y es aquí donde podemos hablar de un Eje circular: el poeta confirma sutilmente con esta metáfora, que lo establecido por la sociedad de su tiempo, por instituciones o regímenes, no lograron apartarle de sus convicciones. Y un ejemplo claro de ello es cuando, joven, deja la Universidad y la pintura, para dedicarse enteramente a su más honda convicción: la literatura.

Debo aceptar que me resulta difícil encontrar significaciones de carácter Circular o humano (lo político, lo social, lo estatal). Sin embargo, en cuanto a lo estatal, encuentro una palabra que colabora en este sentido: “pueblo”, que como sabemos requiere de un grupo determinado de personas, de un espacio geográfico y, por ende, de una organización política y socio-económica.

El poema orbita en un tiempo de declinación: “todas las tardes”. ¿Por qué no todas la mañanas? La insistencia por enfatizar el irse es marcada. No vive su presente por que todas sus fuerzas se proyectan hacia el futuro; lo que hace que el presente no tenga sentido alguno para él. Hablamos entonces de una huida, de una escapatoria; sin embargo, desoladora, puesto que el autor logra reconocer que, aunque se vaya, todo seguirá igual, y el sentido de la vida no vendrá con su  partida, sino que siempre habrá estado allí: en su presente. Al contrario, nos asegura que cuando se encuentre en estado de “ida”, de “muerte”, también estará solo, mientras todo seguirá su rumbo con toda normalidad: “Y se quedarán los pájaros cantando”.

 

Bibliografía:

MAESTRO, Jesús G. (2014), Contra las Musas de la Ira. El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, Oviedo, Pentalfa, 460 pp. ISBN 978-84-7848-565-9

Jiménez, Juan Ramón (1980), Antolojía poética, Madrid, Cátedra. Ed. de Vicente Gaos.

 

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