La huérfana (cuento corto)

mata de maíz

No sé quién, al pasar por esa esquina de la ciudad, en alguna hora del día -no me preguntés cuál- te dejó caer sin que se diera cuenta, cuando aún eras grano. Tal vez el viento fue el que te arrastró hasta dejarte embotada en el puchito de tierra al que te ví aferrada, suplicante, entre la acera y el muro miado. O quizás un pijullo volaba ufano porque había encontrado la cena y, justo en aquel lugar, te le resbalaste del pico. Se me vienen muchas historias ahora que he llegado a mi casa; pero ¿cuál es la verdadera? debo resignarme a no saberlo nunca. De lo que estoy seguro es que me sobrecogió verte allí tirada, como borracho de pueblo, tu cuerpecito flácido con el verde agonizante y sin señal de mazorca, cuando corría a toda madre para lograr el bus. Entre la prisa, el sudor y el ruido del motor que se acercaba, no pude evitar detenderme y contemplar tu soledad, tu tallo y hojas hechos riata, tus ganas de ser mata de maíz. Me agaché para tocarte, caía una brisa desganada, y te dije: «Estás jodida, amiguita. Sos la única que se atreve a crecer en el cemento, el humo y la lata. Mírate: no hay una sola mata de maíz que te acompañe, por lo tanto nadie podría llamarte milpa. Pero, pensándolo bien, vos no tenés la culpa. No fuiste vos quien decidió nacer aquí. Como todos los que venimos al mundo, también sos producto de las decisiones, de las casualidades, de las impertinencias de otros». Ya me está dando sueño. Ya alzaré la pensadora. Pero me dormiré con tu imagen de huérfana en una ciudad que te aplasta.

Deja un comentario