Existen muchas maneras de vivir y muchas de ser feliz; pero solo una es la que nos permite gozar de las dos: escuchar los gritos del corazón, y acallar los ruidos que vienen de fuera, y mi tío siempre supo hacer esto. «Yo nunca tuve gavillas; siempre anduve solo. Fui fiestero, me divertí, pero, de alguna manera, solo. No estaba en los lugares que no debía por andar con personas que no me convenían. Estaba donde debía estar porque así lo elegía yo. Hacía lo que hacía no porque otros lo hacían, sino porque así lo decidía yo». Me dijo estas palabras una mañana, mientras calentaba el café sobre la gastada hornilla y me miraba con sus ojos de tiempo enjuto, tras el humo de la leña que ya estaba hecha brasas. Yo le llamo tío a mi tío, aunque en verdad es hermano de mi abuelo; pero como toda la familia le dice tío, yo también lo hago. Con el pasar de los años nos damos cuenta que la experiencia es un tesoro escondido en un montón de hojarasca aparentemente inservible, y que solo hurgando en esa espesura de instantes muertos logramos aprender de nuestros grandes cagadales, y mi tío era eso, un tesoro y un largo camino de vivencias que se abrían ante mí, con cada palabra que salía, como chorros de agua, de su boca. Su casa era él. Lo que hacía era él. Su vida era él. Sus palabras eran él. Y él era miserablemente adinerado, porque para vivir y ser feliz, le bastaban los ahorros del alquiler de tres cuartos, de las ventas de propiedades y hortalizas —ahorros que no miraban jamás la luz de ser gastados—, sus vacas, las paredes de adobe y la teja que le servían de casa, las mesas curtidas de polvo sobre las cuales figuraban cuadernos escolares amarillos e inabribles y un par de objetos antiquísimos de los que solo él podía saber el nombre; el fogón, la hornilla y sus libros (celosamente apretujados en cajas dentro de un encomejenado guardarropa). Alguna vez le pregunté por qué no se había casado, y me dijo: «Yo intenté casarme varías veces, pero luego, conocí mucho, me instruí mucho en los libros que leía, y me di cuenta que si formaría un hogar, tendría que ser bien formado. Hay tres etapas que debes conocer, hijito: el enamoramiento, el arrepentimiento, y el aburrimiento. Después de la última o se separan o se aguantan. Así es como pronto comprendí que yo no quería jugar al matrimonio». Y por eso mi tío prefirió jugar a ser soltero. También me contó que le propuso a Estela, la mujer de quien se enamoró como de ninguna, que se casaran. El hermano de Estela veía en mi tío una amenaza para la reputación de la familia, por el estado social en que se hallaba, ya que ellos eran una familia de profesionales, cosa harto difícil en un pueblito y en una época como en la que ellos vivían, y mi tío apenas terminó la primaria, pero daba clases en la escuela por su fama de sabio. Decidió alejarse de Estela debido la intervención del hermano. Se enamoró de otras mujeres, y aunque decía que a él no le gustaba «andar dejando hijos votados por todos lados», tuvo tres, «cada uno con su mamá». Mi tío me dijo una vez, cuando caminaba con su paso jorobado hacia el interior de la casa en busca de un bote de pepsi con agua y con la voz carcajeante dándome la espalda, «aaaaaaa si a mí me llovían las mujeres. Qué no sé yo de la mujer. Yo te describo una mujer toditita», y me contaba algunas de sus pasadas. Estudió y analizó la mujer con la acuciosidad de un médico en laboratorio, a tal punto que llegó a conocerla «como ninguno de estos pendejos del pueblo. Vos ves a un montón de corbatudos y a otro montón de jóvenes habladores; pero ninguno conoce la mujer como yo». Tanto conoció a la mujer que decidió vivir la vida en soledad. Mi tío amaba la soledad. Y para hacerla más gustosa, de cuando en cuando llevaba una mujer a su casa, pero nada formal. «Así como estoy de viejito las mujeres me dicen que se vienen a vivir con migo, pero yo sé cuando una mujer es sincera, y cuando es solo paja». Me contó que en cierta ocasión se metió a la casa de una muchacha, y que un tipo que «trataba de dominar a las mujeres con violencia. Es que el machismo es malo, hijito» le tiró un balazo que por poco le mata desde detrás de la puerta. Con mi tío hablábamos de muchos temas. En verdad era él quien hablaba, yo solo asentía con la cabeza o lanzaba un «de veras», o un «va a creer tío», en medio de su discurso. Al principio hablábamos de libros, de la descendencia de la familia y del origen del pueblo, pero pronto las conversaciones se veían gobernadas por la mujer. Y me di cuenta que él siempre quiso casarse. Y es que mi tío era feliz, pero «la mujer siempre le hace falta al hombre», agregaba. Adultos y jóvenes lo visitan. A los primeros les sirve de guía en sus vidas, más específicamente de consejero matrimonial; y a los segundos, de apoyo en sus clases cuando no entienden algún tema, y, si se haya de buenas, les cuenta una que otra experiencia que les sirva en sus amoríos. «Es que yo no puedo revelar ciertas cosas a los jóvenes, porque pueden joder a las muchachas. Y yo no quiero eso. Lo que sé, yo lo empleé para bien; pero ahora el saber lo usan para mal». A mi tío le encantaba leer. Leía todo lo que pasara por sus manos. «Desde que salí de la escuela no dejo de leer », para entonces tenía él once años. «Yo compraba todos los meses aquellos libritos de Selecciones. Compraba libros cuando tenía el chance. Ahí tengo los poemas de aquel chileno…» —“¿Pablo Neruda?”, preguntaba yo. —«Eeeeese penco, respondía. Es muy bueno el tipo.» Y sobrevenía largo rato hablando de poesía. A veces recitaba versos que se resbalaban toscamente en su voz de bigote blanco y dientes de maíz, mientras revoloteaban los murciélagos en las vigas del techo, y me enardecía al escucharlos. Yo le decía que recitara más y respondía con tono lejano y riente: «aaaaaa si a mí me gusta la poesía, hijito», y se quedaba callado mirando la hamaca, queda en el centro de la sala, y luego retomaba un tema de los muchos que quedaban sin concluir, «pues, como te decía, mira, la cosa va así…», y me ahogaba en sus historias. Mi tío era buena gente. Pero como también se muere la buena gente, mi tío habría de morir. Para entonces yo me hallaba buscándome la vida en la ciudad. Me llamó mi hermano y sentí que se me hundía el pecho cuando me dijo: “Se murió el tío fíjate”. Con la misma, me monté en el bus y a la tarde ya estaba en el pueblo. En la vela, mientras jugaba naipe con mis compas, les conté algunas historias de las que él me contaba. Pero ahora tenían sabor a lágrima, y olor a luto, entonces, mejor dejé de contarlas, y por eso las escribo ahora, para ver si las páginas, por ser tan blanquitas, no se manchan de muerte.